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ImagenPor Scarlett Lee     

Pasé por allí de casualidad, mi acompañante insistió en llegar y a pesar de los pesares, accedí. El reencuentro con sus estructuras, la gente y sus impresionantes luces trajo a mi memoria aquellos días de universidad, en los que solo tenía que cruzar la cerca para incorporarme al bullicio y la algarabía de los fanáticos.

Entrando a sus instalaciones me topé con un grupo de personas, que  ya se retiraban con las esperanzas perdidas y supongo que algunos, con la sensación de haber malgastado su tiempo.

Ya sentada y dispuesta a observar el espectáculo, al que le quedaba pocos minutos, llamó mi atención un cartel con letras bien grandes: Santiago sigue siendo Santiago. Confieso que conozco de este deporte, lo mismo que he logrado aprender del lenguaje coreano, es decir, casi nada; aunque me gustan muchísimo la pelota y los doramas coreanos. Sin embargo, no hay que pasar una maestría para darse cuenta de que, al menos en el deporte nacional, Santiago ya no se parece al Santiago de aquellos juegos que tanto disfruté cuando aún estaban en la nómina  peloteros como Pierre, Kindelán, Pacheco, Norge Luis Vera y Frank Tamayo. Pero bueno, no debemos lamentarnos por lo que pudiera ser y no es.

En la noche de ayer el juego era con los Cachorros de Holguín, quienes desde mucho antes de mi llegada ya tenían a las Avispas dominadas, por eso el éxodo y un estadio prácticamente vacío. Aunque en algunos momentos la cosa pareció ponerse buena, nos quedamos con las ganas de que al menos en el último inning, cambiaran las estadísticas.

Decepción aparte, fue grato el reencuentro casual con el Guillermón Moncada, tan cerquita de mi ISPJAM del alma; tan bien preparado para recibir a sus fanáticos en esa fiesta popular, en la que se convierte un juego de pelota.

Espero asistir en otra ocasión, para disfrutar del juego completamente, alentar a los peloteros, criticar jugadas  y esperar la victoria. Para esa vez también deseo- más que ganar- que no estén sentados a mi lado, otros señores como aquellos de más de 40 años, que se perjudican su salud, contaminan su aire y como si no bastara, también contaminan el mío y a los que no les importa que les reclames y los mires con mala cara.