Por Yamilé C. Mateo Arañó y José Álvarez Cruz

Santiago de Cuba, 2 jul.- En el camino real con los jolongos en la espalda muchas familias eran desalojadas de su casas cuando algún propietario de tierras se les antojaba, humillaciones, maltratos padecían los campesinos de Cuba antes del triunfo revolucionario, por eso fueron los que arriesgaron su vida apoyando a los rebeldes que prometían un futuro esperanzador.

Tener un cuarto grado en escuelas públicas era una ventaja para algunos, un sueño al que tenía que renunciar otros para poder buscar el sustento de la familia.

Cuenta mi abuela que en Contramaestre existía una clínica de un médico que a pesar de su fortuna siempre tenía deferencia con los más necesitados porque él supo de miserias también alguna vez y operaba de apendicitis a los más adinerados para sacarles algún provecho.

Mi bisabuela era una negra que fue sirvienta de una casa de ricos al que trataban como un instrumento más de limpieza, mi madre le juró que iba a estudiar mucho para que cuando creciera ella no sufriera más de las vejaciones de aquella familia.

Mi madre recuerda los gritos una noche que no dejaron dormir al barrio, torturaban a alguien en un lugar cercano que vivía un chivato, nadie podía hacer nada más que encender una vela y rezar por aquel que tormentosamente penaba de dolor.

Por eso cuando triunfó la Revolución fue mi familia la primera en salir a esperar a los rebeldes, mi abuela se integró de manera activa a la Federación de Mujeres Cubanas, buscó empleos para las contramaestrenses, participó en la entrega de libretas de abastecimientos y hasta su muerte estuvo con Fidel.

La mayoría de los cubanos vieron en la Revolución una esperanza para un futuro mejor, donde todos tuviéramos los mismos derechos, donde las riquezas se repartieran por igual.

Las bases de igualdad fueron los elementos que arrastraron a un pueblo en un proceso en el que todos se involucraron. Tanto fue la euforia por construir un país distinto que muchos jóvenes casi niños fueron a las serranías a alfabetizar sin importar distancias ni peligros por los bandidos que todavía quedaban en las lomas.

Todos se volcaron a repartir las tierras de los latifundistas para todo el que la trabajara, las viviendas. A Cuba hay que entenderla desde su gente, hay que conocer de lo que significó la Revolución para muchas familias, las puertas que le abrió al estudio, al empleo, a la emancipación femenina, a la igualdad ciudadana.

Perfecto no lo es para nada hemos tenido que aprender, caminando, porque no existe un laboratorio para experimentar en frío, como dijo un presidente latinoamericano recientemente, refiriéndose al pueblo cubano.

Tal vez hemos errado pero nos levantamos siempre con el propósito de seguir en esta porfiada lucha de encontrar la justa medida entre la dignidad de un pueblo y el bienestar económico de un país sin fronteras y sin recursos naturales.

Heridas que aún duelen, dolores que se agudizan en el espíritu de su pueblo son innegables ocultar tras tantos años de batallar, del caminar constante tratando de encontrar los caminos certeros.

Aprendemos de nosotros mismos, de los fracasos, de volverse a levantar, de mil veces empezar de nuevo porque sencillamente no existen soluciones al alcance de la mano, son una larga construcción colectiva de esfuerzo, de trabajos, de aciertos, de errores, de compromisos, de sacrificios.

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