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Ibis Frade* – Prensa Latina.-

frases-cortazarEl padre de los cronopios, un argentino de estatura colosal y mente aún más expandida, también tiene su casa en La Habana, aunque muchos lo consideran un autor afrancesado, un latinoamericano apegado a lo europeo.

Según escribió una vez el intelectual Roberto Fernández Retamar, Julio Cortázar dijo que “aunque nació por azar en Bruselas, es por supuesto argentino; y desde 1959 tiene también otro país: Cuba”.

La frase puso a los de la isla “estrepitosamente contentos” y durante su segunda visita a esta nación, los periodistas asediaban al narrador, la gente lo paraba en la calle, lo visitan al hotel, contó en una carta el actual presidente de Casa de las Américas.

Esa institución le abrió las puertas y acogió su obra y su pensamiento audaz, allí conoció a otros prestigiosos autores de su generación y comenzó a interesarse un poco más por la realidad política latinoamericana.

Tan solo dos años después del triunfo de la Revolución cubana en 1959, Cortázar realizó su primer viaje a la isla y luego confiesa que en esa visita descubrió su gran vacío político del momento: “Desde ese día traté de documentarme, traté de entender, de leer”.

Para feliz casualidad, el mismo año de la publicación de su novela Rayuela, en 1963, participó como jurado en el Premio Literario Casa de las Américas.

Este año le dedicaron la edición 56 de ese concurso y la institución llenó sus espacios con la exposición Cortázar-Cuba. Cartas cruzadas.

Fotografías, fragmentos manuscritos de sus obras y grabaciones de sus conferencias formaban parte de esa exhibición, que mostró la estrecha relación del escritor argentino con sus colegas de esta nación caribeña.

Además, cada año Casa de las Américas, junto al Instituto Cubano del Libro, el Ministerio de Cultura de Argentina y la Fundación Alia, auspicia un certamen con su nombre, dedicado a promover la creación literaria.

El Premio Iberoamericano de Cuentos Julio Cortázar, entregado precisamente en la fecha de su cumpleaños, permite recordar su ejemplo moral y compromiso con causas justas en América Latina, señaló el asesor del presidente de los Consejos de Estado y de Ministros de Cuba, Abel Prieto.

UN HOMBRE GRANDE, DE IDEAS ALTAS

Julio Florencio Cortázar nació el 26 de agosto de 1914 -pocos días antes de la invasión alemana a Bélgica- en la embajada de Argentina en Bruselas, lo que el propio escritor calificó como “producto del turismo y la diplomacia”.

En ese país vivió muy escaso tiempo pues su familia decidió mudarse a Suiza para esperar el fin de la Primera Guerra Mundial. A los cuatro años, ya vivía en Buenos Aires, ciudad natal de sus padres, Julio Cortázar y María Herminia Scott.

“Pasé mi infancia en una bruma de duendes, de elfos, con un sentido del espacio y del tiempo diferente al de los demás”, expresó una vez al rememorar sus años de niño enfermizo.

Como el padre abandonó a la familia, la madre asumió el cuidado de sus dos hijos: Julio y Ofelia crecieron en un suburbio bonaerense al amparo de varias mujeres de la rama materna.

El asma, múltiples fracturas y sus frecuentes enfermedades lo mantenían largas temporadas en cama y rodeado de libros.

Dicen que a los nueve años ya había escrito una especie de novela y la familia dudaba de la autenticidad de su autoría, incluso consideraban plagios algunas creaciones de su genio infantil.

Aunque Cortázar estudió en la Escuela Normal de Profesores y se dedicó a esa profesión para sacar a su madre y a su familia de apuros económicos, jamás abandonó su pasión: la literatura.

En 1938 publicó -bajo el pseudónimo de Julio Denis- su primera colección de poemas titulada Presencia. Más tarde, sintió alivio de que aquel título fuera “felizmente” olvidado. Bestiario, su primer libro de cuentos, contiene piezas que fueron consideradas luego obras maestras de ese género, aunque sus primeros ejemplares circularon sin muchas penas ni glorias.

Amante de los gatos, el jazz y el boxeo, aseguraba que una novela debía ganar por rings y el cuento por knockout.

Tras obtener el título de traductor público de inglés y francés, le otorgaron una beca y logró finalmente uno de sus sueños de muchacho: viajar y establecerse en París.

De hecho, algunos críticos lo consideran un escritor “afrancesado” y fue precisamente en la ciudad de las luces donde nacieron varias de sus grandes obras.

Una de las más recordadas y elogiadas, su novela Rayuela, rompe con la estructura convencional de la narración y da varias opciones al lector para escoger su camino en la lectura, no solo de manera lineal.

La formula causó furor en el mundo literario y hasta sorprendió a su autor.

Incluso una vez confesó: “Escribía largos pasajes de Rayuela sin tener la menor idea de dónde se iban a ubicar y a qué respondían en el fondo (â??) Fue una especie de inventar en el mismo momento de escribir, sin adelantarme nunca a lo que yo podía ver en ese momento”.

El 12 de febrero de 1984, la leucemia escribió el capítulo final de la vida de este genial argentino de rostro eternamente joven y siempre visible en la multitud, con su 1,93 de estatura.

Al irse, dejó a La Maga sin él y sin Horacio Oliveira, llorando desconsoladamente en glíglico y escribiendo rayuelas sobre su tumba en el cementerio de Montparnasse.

(*) Periodista de la Redacción Cultura de Prensa Latina

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