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  1. Preguntar con insistencia.

En Cuba tenemos la costumbre de preguntar hasta las últimas consecuencia. En Alemania, se aprende lo que se sabe y lo que no se sabe…¡No se pregunta!

  1. Gritar de balcón a balcón.

¡Llegaron las papas! puede ser, en Cuba, la noticia del día, que siempre es transmitida de un balcón a otro. En Alemania, cuando más se le dice un Hallo entre dientes al vecino, cuando te lo encuentras en el pasillo.

  1. Llegar de imprevisto a la casa de alguien.

Cita acordada, dulce y vino son los tres componentes para llegar a la casa de una persona en Alemania. Nada de la espontaneidad cubana, donde es normal que si pasas por la calle donde vive una amiga le toques a la puerta y digas: ¡aquí llegué!

  1. Ver el sol todos los días.

La mayor de mis pérdidas, sin dudas, puesto que, sencillamente, acá el sol no sale todos los días. Aún no me acostumbro…

  1. Que una invitación sea entendida como que yo pago.

En Cuba, tú invitas, tú pagas. En Alemania, tú invitas y cada uno paga lo suyo. ¡Y si eres la invitada también!

  1. Cruzar sin prestarle atención al semáforo.

A veces me hago la cubana y cruzo con la roja, pero la verdad es que he aprendido a esperar pacientemente a que los semáforos de peatones me indiquen pasar. En La Habana, ya sabes, aquello es la ley del más fuerte…

  1. Guardar la comida en el refri.

Cuando llegué a Alemania, vivía obsesionada por meter la comida que quedaba restante en el frío, pero luego aprendí que hasta tres días puede quedar intacta gracias al clima de este país. En la isla, si no pones tu comida en el refri ese mismo día, seguro que la tienes que botar.

  1. Poner a enfriar agua en el refrigerador.

No es necesario, porque el agua siempre sale fría, aún en verano. En la isla si bebes agua del grifo te mueres, primero porque no es potable y, segundo, ¡porque sale caliente!

  1. Baldear la casa.

Que ricura despertarse en Cuba tirando agua por las escaleras, en el frente de la casa. Acá el paño y la fregona le han quitado la sabrosura al ritual.

  1. Lavar ropa todos los días.

Obsesión que se me pasó como a los seis meses de estar en tierras germanas. Yo creía que cada ropa que una se ponía tenía que ir directamente para la lavadora. Acá la ropa no se ensucia, pues todo está limpio, desde los buses hasta la calle. Además con la cantidad de agua que consumen las máquinas acá y el costo del preciado líquido, si lavas todos los días ¡te arruinas en un mes!

  1. Cocinar todos los días.

En Cuba cocinamos todos los días, como mínimo, arroz, frijoles, vianda y carne. Eso es impensable en Alemania, entre otras cosas, porque en verano solo querrás cosas ligeras de tanto calor y porque el ritmo de vida es tan apurado, que no te da para pasarte dos horas en la cocina.

  1. Tender la ropa a vista de todos.

Extraño las tendederas de dos metros de largo, con toda la ropa ordenada por color y tamaño. Las sábanas blancas, que se merecieron una canción, acá en Alemania tienen que ser tendidas dentro de la casa, en esas pequeñitas tendederas donde la ropa demora dos días si no tienes secadora. Para mi hasta el día de hoy lo que vale es el sol que le da ese olor tan peculiar a la ropa recién lavada.

  1. A llevar la jabita para cargar comida.

Por acá arriba se llega al extremo de botar mucha comida que está en buen estado. En Cuba acostumbramos a llevárnosla para la casa. Me parece muy buena práctica, pues desde pequeña me enseñaron que la comida no se bota.

  1. Las extensas reuniones sin resultado…

Estando en Alemania nunca más he estado en una reunión de más de dos horas. Acá si se respeta el orden del día y el tiempo de las personas. Ah, y cada problema tiene que hallar su pronta solución, nada de merodeos infinitos en un tema. ¡Me alegro tanto de haber dejado eso en La Habana!

http://negracubanateniaqueser.com

 

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