Etiquetas

,

Tomado del Blog Cuba Con Amalia

ocho-estudiantes-medicina-fisulamiento-noviembre-27-cubaEl 27 de noviembre de 1871 la sociedad habanera se estremeció ante el ruido de los fusiles que ponían fin a la vida de ocho estudiantes del primer año de Medicina: Alonso Álvarez (16 años), Carlos Verdugo (17),  Carlos  Ángel Laborde (20) , Anacleto Bermúdez (20), José de Marcos Medina (20), Carlos Augusto de la Torre, Eladio González Toledo (20)  y Juan Pascual Rodríguez (21). No eran mambises, ni combatientes, ni enemigos, eran  unos jóvenes retozando y bromeando dentro de un cementerio. Y los asesinan simplemente para complacer a una milicia vociferante y sedienta de sangre.

Todos los cubanos, rinden homenaje a estos 8 inocentes estudiantes de medicina desde que comienzan la escuela y, la prensa, desde esa época hasta nuestros días hace reseñas de lo acontecido:

SANGRE DE INOCENTES por José Martí, 1887: ¨La ciudad de la Habana ha sido en estos últimos días escenario de memorables acontecimientos. La Lucha, el emprendedor periódico habanero al que tanto crédito se debe por hacerles justicia a los cubanos, publica un relato de los dramáticos incidentes que han llevado a vindicar la inocencia de los ocho estudiantes de medicina que fueron oficialmente asesinados hace dieciséis años. Estos ocho estudiantes, de dieciséis a veintiún años de edad, después de una farsa judicial, celebrada bajo la presión de las turbas, fueron muertos en medio de frenéticos aplausos y otros treinta y uno fueron enviados a Presidio por el supuesto crimen de haber profanado el sepulcro de Gonzalo Castañón, un periodista mal aconsejado que, a consecuencia de una disputa con partidarios de los revolucionarios, fue muerto, algunos meses antes. La bóveda no mostraba la más ligera huella de profanación, y una raya hecha mucho antes en el cristal que cubre las ofrendas florales fue todo lo que pudo ser atribuido a una mano irrespetuosa, si no hubiera estado cubierta por el moho el día de los hechos¨. Los españoles que había entre los estudiantes fueron puestos en libertad. Uno de los estudiantes fusilados ni siquiera estaba en el cementerio en la fecha de la alegada profanación. Tan sólo Federico Capdevila, un noble oficial del ejército, encargado de la defensa de los estudiantes, tuvo el coraje de pronunciar en el juicio unas pocas y valientes palabras, por las que escasamente escapó de pagar con su vida a manos de la turba, poco dispuesta a aceptar algo que no fuera un final sangriento.

Miles de hombres armados llenaban las calles día y noche, rodeaban la prisión, colmaban los corredores del palacio de gobierno, gritaban continuamente pidiendo la muerte de los estudiantes y lograron que el gobierno cediera a sus demandas encubierto por un juicio en consejo de guerra que celebró sus sesiones amenazado por las bayonetas de los quebrantadores de la ley¨. El hijo de uno de los más impetuosos de entre estos, un muchacho de dieciséis años, que había cogido una flor en el jardín del cementerio, fue el primero escogido para ser fusilado, y ello, por añadidura, con los mismos rifles a cuya compra su acaudalado padre había contribuido generosamente. Cuatro de sus condiscípulos que habían estado jugando con una carretilla, le siguieron inmediatamente. Se ha dicho que el indigno tribunal se había comprometido con las turbas a dar muerte a ocho de los prisioneros y que las otras tres víctimas requeridas fueron escogidas mediante sorteo. Los infelices muchachos encararon la muerte valientemente-ni una rodilla flaqueó. Unos recibieron las balas en la cabeza, otros en el corazón. “Los ocho cadáveres”, dice La Lucha en una patética descripción del hecho, “fueron enterrados, sin un nombre, una cruz o una lápida, cuatro de Sur a Norte, cuatro de Norte a Sur”. “La Lucha ha publicado los retratos de los infelices jóvenes. El fusilamiento se llevó a cabo a media tarde en terrenos de la Punta, y los cadáveres fueron conducidos a un cementerio rústico donde se les enterró en una fosa común, no permitiéndose colocar una cruz ni señal alguna que indicara la sepultura”.

Años después, un hijo de Gonzalo  Castañón, revisó la tumba de su padre y confirmó que no tenía señal de haber sido ultrajada. Fermín Valdés Domínguez (el mejor amigo de Martí) logró una declaración jurada y firmada por él al respecto. Los cadáveres fueron trasladados a un lugar extramuros de lo que actualmente es el Cementerio de Colón. No se permitía a los familiares el reclamo de sus muertos para darles sepultura.

Este oscuro hecho fue un escarmiento ejemplar que quiso dar España ante el desarrollo insurreccional para desatar el terror y demostrar así la medida de los extremos a que podía llegar un sistema agonizante. Tanto el abominable crimen, como el inconcebible proceso judicial que lo precedió, contribuyeron a fortalecer el sentimiento independentista de los cubanos. La fecha de noviembre 27 se celebra en Cuba como día de Duelo Nacional. En memoria a los jóvenes fusilados injustamente, se encuentra el Monumento a los ocho estudiantes de Medicina, a la salida del Túnel, a la izquierda del Malecón habanero.

 Referencias bibliográficas:

Cordoví Núñez, Y., 2005, El crimen de los ocho estudiantes de Medicina. En: http://web.archive.org/web/20071129203511/http://www.cadenagramonte.cubaweb.cu/historia/el_crimen.asp

Martí, J., 1887. Sangre de inocentes. En: The New York Herald, Nueva York, 9 de abril de 1887, OBRAS COMPLETAS, Tomo 28, La Habana: Instituto Cubano del Libro, Editorial de Ciencias Sociales, 1973, p. 54.

Fountain, W. A., 2000. 27 de Noviembre de 1871 – Fusilamiento de Ocho Estudiantes de Medicina – Ediciones Universal. Universidad de Indiana. 424 páginas. http://www.ecured.cu/index.php/Fusilamiento_de_los_ocho_estudiantes_de_Medicina Matilde