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Por Joel Macías Rivas*
isEl abuelo papá Juan no fue muy dado a los regalos y mucho menos a obsequiar con juguetes a los muchachos, él, ahora lo comprendo mejor, prefería que “jugáramos” a la verdad: narigoneando las yuntas de bueyes, pastoreando las vacas allá por la orilla del río, buscándole las malojas a los caballos y cuando más y por poco tiempo, nos dejaba jugar un rato a las balinas. Así transcurrió parte de mi infancia sin conocer ni disfrutar del placer “imaginado” de poder ser dueño de un juguete de calidad.

Mi padre, el que realmente me engendró y al que sigo queriendo infinitamente después de haber cumplido él los 87 años, casi que no pudo estar junto a nosotros, sus primeros hijos, porque los deberes revolucionarios se lo impidieron y porque debió desandar por los centrales azucareros del Oriente Cubano buscándose «los reales” donde le dieran «un corte», esa oportunidad de “hacer un bulto o dos de caña “ o lo que es lo mismo: “cortar, alzar y tirar algunas carretas de caña y después seguir camino hasta otra colonia con el mismo objetivo”. De esa gestión de mi padre dependían la ropa y los zapatos de año nuevo, “y no daba para mucho más”, aseguraba el viejo.

Por esa misma “suerte” de haber nacido pobre y en el campo, quizás sea por lo que no pueda yo hablar en positivo sobre esa “tradición” que se le bautizó como El Día de Reyes, cuando esperábamos la oferta de Los Reyes Magos, esos que nos hicieron soñar hasta despiertos, los mismos que cada año se me anunciaban pero que nunca llegaban, a no ser con algunos carritos de madera, o con alguna muñeca de trapos viejos para mi hermana y mis primas, o con una escopeta de palo tallada al machete, o con un papelito escrito con sus faltas de ortografía(eso lo supe después), donde nos decían que …”este año no pudo ser pero si se portan bien volveremos el año que viene”.

Así fueron transcurriendo los años y en algunos de ellos, fue la tía Luisa la que, cargando los juguetes desechados por el niño de la casa en la cual ella se desempeñaba como niñera (criada) en Santiago de Cuba, hizo el papel de Gaspar, Melchor y Baltazar, para el deleite de los inocentes sobrinos que se creían que los Reyes Magos habían cumplido su promesa para con nosotros.

Esa es la “tradición” que en este año con más fuerza, porque nunca dejó de “celebrarse”, algunos, o unos cuantos, o quizás un buen número de cubanos, salieron a la calle el seis (6) de enero, el Día de los Reyes Magos, a repartir juguetes para “hacer felices a los infelices hijos de muchas familias que no pueden, con su salario, comprar los juguetes a los niños en las tiendas shopping porque venden muy caro…”

Con el perdón de los que siguen creyendo en la “tradición” (derecho que tienen) y de los que aún sin haberla vivido antes tratan de asimilarla o vendérsela a los demás para que la asimilen, asumo la responsabilidad de decir que: esa “tradición” que nos fue impuesta por los parientes de la “Madre Patria”(de la Colonia), no es más que una forma de dominación y de asegurarse la dependencia de los que, de este lado del atlántico en el Mar Caribe, se nos hizo soñar con lo imposible y que, aún cuando nunca vimos a un rey o una reina, por lo menos pensáramos y soñáramos con la magia divina de tener un juguete.

Para terminar hago una salvedad: mi madre, que este seis (6) de enero cumplió 80 años, lleva como nombre el de Reina y fue ella la que junto a mi papá Pablo, a mi abuelo Juan y a mi abuela Nicolasa, tuvieron que convertirse en verdaderos magos para criar a la prole de unos cuantos hermanos y primos hermanos.

*Periodista y Colaborador de este blog.