Por Leticia Martínez Hernández

Fue la apoteosis misma. Dos horas y media que parecieron pocas para un público en delirio. Él lo había prometido nomás empezar: “Esta va a ser una noche larga…será todo Giros hasta el tema nueve, después de eso que Dios nos ayude”. Hacía 23 años que no tocaba en la Isla con su banda y “quería vengarse”. La Habana se prestaba sola para cerrar la gira por los 30 años del disco que se convirtió en el motor de su carrera.

Los primeros coros del público le parecieron “una platea de señoritas”. Hay que calentar esto urgente, dijo, y disparó al pecho su “11 y 6”. Entonces se encendió el teatro, fue la bomba que horas antes había pronosticado, con onda expansiva incluida.

Andaba como siempre, con sus rizos en desorden, pantalón negro ajustado, camiseta casi transparente, una chaqueta de colores, sus gafas oscuras, dando brincos, alborotando. Parecía que no había pasado un segundo desde el 2014 cuando, invitado al Festival Leo Brouwer de Música de Cámara, repletó por última ocasión el teatro Karl Marx como si de soplar una vela se tratara. Dicen que esta vez  las entradas se habían agotado dos días antes del concierto.

Se sintió en confianza, contó cuando en el año 1986  vivió un “momento brutal” y Pablo Milanés lo invitó al Festival de Varadero y luego a recorrer Cuba. “Esa vuelta me salvó la vida”. Aquí recibí un abrazo de amor, que hasta el día de hoy es uno de mis sostenes para vivir, confió al público. Y con el apretón del agradecimiento aún vivo, pidió a Pablo que lo acompañara en un “Yo vengo a ofrecer mi corazón” de ensueño.

Como si no bastaran las emociones recordó a “su hermano” Santiago Feliú, el primero que cantó en este país “Cable a Tierra”.  Luego vinieron a acompañarlo Carlos Varela en “Parte del Aire” y el Tosco, aplaudidísimo con su flauta mágica, en “Un vestido y un amor”. Todo lo que esta redactora diga está de más, porque como dijo el flaco querido de Argentina hay gente con swing y a una de ellas le dicen el Tosco.

A Pablo volvió a dedicar “Al lado del camino”, el himno de millones de sus seguidores que, como dejó por sentado, “puedo seguir cantando con la frente en alto”. Y así, los ¿seis mil? del Karl Marx volvieron a corear aquello de que “no es bueno hacerse de enemigos que no estén a la altura del conflicto”.

Uno detrás del otro fueron cayendo sus mejores números, como si minutos antes del concierto hubiera pasado un papel y un lápiz para apuntar las peticiones. Parecía que aquello no iba a tener fin y estaba prohibido sentarse. Con Diana Fuentes, deslumbrante como siempre, cantó “El amor después del amor” y luego pidió apagar todas las luces del teatro, que solo se quedaran prendidos los teléfonos. Fue entonces el turno de “Brillante sobre el mic”, el momento más mágico de la noche.

No se cansó de dar gracias, quizás fue esa la palabra más repetida por Fito esa noche, en la que se le notó en extremo feliz. Gracias a La Habana, a Pablo, a aquel año del Festival de Varadero, a los amigos y también a los enemigos… “Gracias por dejarme vivir en sus corazones, ahí viviré siempre”, gritó antes de enrolarse en un coro multitudinario que pidió, solamente, darle alegría a su corazón, porque “afuera se irán la pena y el dolor”. Entonces Cuba lo volvió a complacer, como niño consentido, pero sobre todo amado.

Tomado de Mi Cuba Por Siempre

 

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