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Por: Lisset Bourzac Macia/ CMKC, Radio Revolución

parque_cespedes“Siento por Santiago una pasión que jamás podré olvidar”… reza el estribillo de una canción muy conocida… Federico García Lorca inmortalizó en versos los deseos de una visita impostergable: “Iré a Santiago en un coche de agua negra”… Heredia poetizó su cultura decimonónica, Maceo creció en sus campos, Martí estuvo de paso unos días antes de su muerte. A Santiago entraron los barcos de africanos, emigraron haitianos y se refugiaron judíos… Aquí se cultivó el café en inmensas plantaciones, se destiló un ron de excelente factura y se probó por vez primera el Daiquirí.

 Es julio y por estos días Santiago sabe a carnaval… El salitre del Caribe salpica la cultura de esta tierra, divina mezcla de ancestros llegados de lo más recóndito de África e infortunio de colonizadores… Por estos días el santiaguero no abandona la urbe… la ciudad se vuelve destino preferido y la nostalgia se apodera de quienes sienten la pasión en la distancia…

Por estos días Santiago siente el paso del tiempo y quienes la habitamos nos detenemos a pensarla un año después del medio milenio. Lo añejo es su principal atractivo… Su sensualidad cautiva… y su colorido se mantiene, incuso después de la inminencia de un gran desastre. Sus edificaciones rescatan la fastuosidad de antaño con los aires renovados de este siglo… La populosa Enramadas es posiblemente el boulevard más grande del país, bajarlo y subirlo a pesar del imponente sol, es rutina que deleita. Un malecón es el nuevo destino citadino, que bien distante del referente de la capital cada vez más sabe a Santiago y a la gente que con frecuencia se sienta en su muro.

Hoy en sus parques conviven lo antiguo y lo moderno en un diálogo intergeneracional propiciado por la tecnología. En su más de medio millón de habitantes persiste el orgullo y el placer de quien habita en tierra de sortilegios, lo mismo embestida por huracanes que movida por temblores. Privilegio ese el de ser santiaguero, quien tiene de congo y de carabalí, se baña en las aguas del Caribe, escucha trova, son y bolero, y defiende con vehemencia aquello en lo que cree.

En Santiago es imposible evitar el Sol, hablar en voz baja, esquivar las lomas, prescindir del Cobre y su Virgen, ensordecer ante el ritmo de los tambores o la corneta china, caminar en medio de una conga sin antes arrollar, no saborear el mango de bizcochuelo ni celebrar un pregón altisonante…

El Santiago, descrito por cronistas y develado por poetas, aún tiene el encanto de una villa misteriosa. Lo mismo en coche, en moto que en camioneta la ciudad esparce su magia y embriaga al santiaguero de un calor humano difícilmente experimentado en otras partes del mundo. Santiago, de Cuba, del Caribe y de las Américas ya tiene más de quinientos años. Regocijo desandar sus calles y ser protagonistas de un tiempo que entreteje la pasión en aquellos que jamás la podremos olvidar.

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