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Se distinguió, igualmente, por sus dotes de organizador, percepción del peligro, exigencia, autoridad y poder de planificar hasta el detalle en cada acción.

Así describió al combatiente santiaguero asesinado hace casi 60 años Luis Felipe Rosell, quien tuvo el privilegio de conocerlo muy de cerca y en el vehículo de su negocio de venta de flores, trasladarlo para cumplir riesgosas misiones y cambiar de un escondite a otro.

Aseguró Rosell que su nombre es de obligatoria mención en la decisiva etapa que condujo al triunfo del Primero de Enero, por su entrega a las luchas en la clandestinidad y el apoyo al Ejército Rebelde con fuerzas, armas y recursos, incluso el envío del primer refuerzo llegado del llano a la Sierra Maestra.

Fue tanta la identificación con Frank y sus ideas que ante la necesidad de un lugar para hacer prácticas de tiro, le ofreció su finca en la zona de El Castillito, en el kilómetro 11 de la Carretera Central.

Frank fue un eterno enamorado de la Revolución y por esa causa entregó su vida con 22 años cuando ocupaba, a pesar de su juventud, el cargo de Jefe Nacional de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio, recordó su fiel compañero.

Del día de su asesinato, el 30 de julio de 1957, narró que Eugenia San Miguel, esposa de Raúl Pujol, lo llamó para que recogiera a Frank en su casa ante el peligro que corría por un registro en la zona, pero el revolucionario decidió salir antes para no poner en riesgo a la familia.

Cuando Rosell se aproximaba al lugar en su vehículo, ya Frank estaba sin vida.

Acompañado de Pujol, este último trató de evadir el cerco tomando la calle San Germán hacia arriba y casi lo logra cuando recibieron la voz de !Alto!

Aunque Pujol explicó que se trataba de un empleado de la ferretería y que estaban de balance, en el registro personal le encontraron una pistola a Frank y por la microonda llamaron al teniente coronel José María Salas Cañizares, de largo historial como criminal, quien enseguida acudió al lugar.

Estuvo a punto de llevarlos a la estación de policía, pero la aparición de un antiguo compañero de estudios -Luis Mariano Randich-, quien identificó a líder en la clandestinidad, propició el vil asesinato.

A Frank lo empujaron hacia el Callejón del Muro, donde fue acribillado con 22 balazos, no sin antes recibir maltratos con golpes de culata.

Estudiosos aseguran que Salas Cañizares ordenó a los presentes a disparar contra el cadáver, para así asegurarse de que todos fueron responsables.

Ya muerto, lo cambiaron de posición mirando hacia arriba y lo tiraron cerca de una pistola, para hacer creer que él y Raúl Pujol se habían batido a tiros con ellos.

El brutal crimen fue condenado por el pueblo santiaguero, quien el día de su sepelio el 31 de agosto, lo acompañó en sentida manifestación por las calles hasta el cementerio Santa Ifigenia.

Gracias a su poder de convocatoria, Frank pudo aglutinar a tantos revolucionarios, a quienes convenció de que valía la pena poner en riesgo la vida por una causa justa.

Tomado del Sierra Maestra

 

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