Felix Temerez Martinez/Cubaperiodistas

“Todos los años tendremos el deber de recordar la gran victoria del 5 de agosto de 1994 en que el pueblo aplastó la contrarrevolución sin disparar un tiro, porque dice mucho esta fecha, enseña mucho y alienta mucho.” (Fidel Castro 5 de agosto de 1995)

Fidel el 5 de agosto de 1994.

Voy a rememorar un pasaje muy bien instigado y trabajado por la contrarrevolución y la entonces Oficina de Intereses del Gobierno de los Estados Unidos en La Habana, ocurrido el 5 de agosto de 1994 en áreas del Malecón habanero y sitios aledaños.

Tiene que ver con la personalidad y el poder real de los decisores de la política. De los eventos que a veces desafían a la posibilidad física y mental de quienes llevan en sus hombros la gran responsabilidad y sobre todo, el coraje que asiste a la verdad.

La revolución atravesaba el momento económico más difícil de su historia: el periodo especial, que comenzó en 1991 con la caída de la URSS y el campo socialista y en breve tiempo sumió al país en una escasez tremenda, que a la altura de 1993 y 1994, llegaba al punto más irritante.

Si cuatro años antes teníamos un comercio preferencial con aquel bloque socialista del cual provenía el 85 por ciento de los intercambios del país, ahora no existía ni el uno por ciento de entonces. La escasez de combustible, materias primas y alimentos era casi total y todo lo que se necesitaba, simplemente no existía.

La inflación se disparó a niveles tales que una libra de arroz se comercializó en el mercado negro, entre 40 y 60 pesos, para ejemplificar solo con el producto más común del cubano. El transporte prácticamente se paralizó y las bicis de procedencia china amortiguaron hasta cierto punto el traslado de las personas y trabajadores en general.

En fin, los jóvenes y adolescentes que no conocieron el momento, ni el antes ni el después de esa severa crisis, deben, además de en la escuela, preguntar a sus abuelos y padres, en algunos casos, para que tengan una idea cabal de la diferencia entre un momento y otro, y cómo el pueblo, bajo la conducción y el liderazgo de Fidel, sorteó los más peligrosos obstáculos para salir de aquel delicado contexto de la historia.

Lo cierto es que fue verdaderamente difícil y los servicios de inteligencia del enemigo sempiterno de los cubanos, aprovecharon arteramente las circunstancias. Incluso muchos cubanos de la Florida, sobre todo los antiguos dueños de Cuba, preparaban las maletas para el regreso.

Así sucedió el hecho que han tratado de enarbolar como el Maleconazo y otros epítetos. Sería deshonesto, si no digo que aquel día se sacudió ese espacio del litoral norte de la capital. Más que por el impacto político, por la explosión desordenada de adolescentes y muchos también espectadores, que gritaban cualquier cosa como libertad, cual si en realidad la escasez de alimentos, transporte y servicios, fuera una violación gubernamental de esos derechos.

Lo cierto es que ninguno de los que gritaban descamisados por el calor de agosto en plena Habana, había perdido su derecho a clases gratuitas en la secundaria, el preuniversitario o la universidad, tampoco se le negó a alguien la asistencia médica universal, aun cuando la crisis de medicamentos e insumos era evidente.

El país estaba al borde de la asfixia económica y como sucede en estos casos el enemigo aprovechó el descontento para mandar a la calle a sus peones pagados y al lumpen e incitar así el enfrentamiento entre cubanos, por las penurias materiales que se vivía.

Algunos lanzaban piedras a vidrieras y la policía que, al menos en un video que observo hoy, publicado entonces en el Miami Herald con varias tomas de cámaras (por cierto, muy bien posicionadas en diferentes lugares del malecón y zonas aledañas) en las que se observaba el correcorre sin sentido, alguien penetrando y riéndose en una vidriera rota, un agente del orden que apresaba a uno de los tirapiedras, mientras que otro policía le lanzaba una patada que ni siquiera roza al protestante, en fin una muchedumbre desorganizada de inflados por la propaganda.

Lógicamente, a los minutos de comenzar aquel disturbio, el Comandante en Jefe Fidel Castro, lo supo, pero no corrió hacia un bunker, como está de moda en algunos lares del planeta. Llamó a su escolta y lo primero que les indicó fue que no debía haber un solo tiro y que si había un solo muerto quería ser él.

Incluso ordenó que cualquier fuerza, de cualquier tipo, excepto la policía que se encontraba allí, se acercara siquiera a la zona, según las palabras de testigos físicos de aquel día.

También muchos jóvenes y pueblo en general del Vedado al enterarse, se movilizaron y comenzaron a bajar hacia el Malecón para defender a Cuba de la provocación… Pero en eso llegó Fidel…

Cuenta los que presenciaron el momento y estuvieron cerca ese día; que nada más entró y se bajó del jeep con cubierta de lona, simple y común, como andaba la mayoría de las veces y entró a la primera calle desbordada de la multitud, comenzó a generarse un coro gigante del que solo se escuchaba en repetición descomunal: Fidel, Fidel, Fidel…

Los facinerosos se esfumaron, los tirapiedras engancharon algún pasaje y pusieron pies en polvorosa, los instigadores fracasaron. Una vez más el pueblo y Fidel derrotaron la perfidia.

No estaba y me imagino el impacto de los adolescentes y adultos también cuando recibieron de pronto el impacto de aquella figura vestida de verde olivo tan alta e impresionante como la misma historia que tejió con sus propios actos, junto al pueblo de Cuba.

¿Podría suceder esto en alguna parte de este mundo tan dispar, xenófobo, y racista, donde hay protestas diarias por sucesos increíbles en pleno siglo XXI? Lo dudo.