Por: Carlos Gonce/ Tomado del blog Puntos de Vista

Virgen de la Caridad del Cobre. Foto: Ladyrene Pérez/Cubadebate.

Yo nunca he sido practicante activo de religión alguna.

De muy niño asistí al catecismo católico e hice la primera comunión.

También me acostumbré a ver las imágenes de Santa Barbara con su espada de bronce y de San Lázaro con sus muletas y sus perros a las que mi abuela mantenía con agua y otras ofrendas.

El Shangó de mi tía siempre estuvo tras la puerta, mientras su hermana, a la mesa y con vistosos collares multicolores le echaba las cartas a una amiga para leerle la buenaventura.

Mi bisabuelo árabe nunca me habló de Mahoma, pero mi bisabuela, una india Chiricana, me hacía historias de las deidades de la naturaleza, aunque ella misma se confesaba católica.

Yo, que he leído varias veces la Biblia, entera y por partes, también el Corán y el Popol Vuh, vivo en un país donde los babalaos, los obispos, los pastores y los imanes se encuentran con representantes del gobierno para hablar del bienestar de todos.

He estado con frecuencia en el Santuario de la Virgen de la Caridad del Cobre, mulata, mabisa, libertadora y Patrona de Cuba, y en la Santa Basílica Metropolitana Iglesia Catedral, que está junto al Parque de Céspedes hace ya 505 años, y siempre me sobrecoge el ambiente particular de esos templos.

Vivo precisamente la isla que visitaron tres Papas: Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco, y llamaron a la concordia, la unidad y hasta alguno llegó a pronunciarse contra la hostilidad estadounidense.

Por cierto, el Papa Francisco y el Patriarca Kirill de Moscú y de toda Rusia, en un encuentro único, primero en mil años, y calificado como histórico, conversaron precisamente en mi país, al que calificaron en su declaración como símbolo de esperanza del Nuevo Mundo.

Aquí creer o no creer hoy es una cuestión particular.

Por eso, usar la religión como herramienta política aquí es bajo y ofensivo para los verdaderos creyentes, practicantes de esas religiones. Esos con los que me enorgullece compartir cada día el trabajo por un mundo mejor, como el que buscan todos los credos, y que es posible.