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Por Enrique Ubieta Gómez / Diario Granma

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Entre todas las consignas necesarias, apareció la imprescindible: «yo soy Fidel», gritamos a pulmón abierto, con el puño en alto

No es posible ni sensato «hablar» en base a consignas, cuando se precisan explicaciones o argumentos. Pero hay momentos en los que las consignas, las buenas, son descargas de artillería, insustituibles definiciones colectivas.

De las multitudes que encauzan sentimientos o razones surgen las más variadas, pero hay algunas que por su exacta brevedad y contundencia prevalecen. Eso sentimos los cientos de miles de cubanos que asistimos a la Plaza de la Revolución José Martí para honrar a Fidel, para honrarnos por el privilegio histórico de haberlo tenido como líder de la primera Revolución socialista del hemisferio occidental.

Entre todas las consignas necesarias, apareció la imprescindible: «yo soy Fidel», gritamos a pulmón abierto, con el puño en alto.

Unos días antes, frente al hecho insuperable de su desaparición física, algunos escribieron: «Fidel es Cuba»; otros, ante el huracán de sentimientos que desataba, pese a su edad, la inesperada noticia, sentenciaron: «Cuba es Fidel». Pero las revoluciones son mágicas en eso de convertir a las masas en colectivos de individuos conscientes, y Cuba es cada mujer, cada hombre, dispuestos a defenderla, es cada combatiente revolucionario. Fidel nos lo había pedido a su manera en 1992, en los inicios del duro periodo especial: «El imperialismo tratará de dividirnos para buscar cualquier pretexto con qué justificar sus acciones intervencionistas en nuestro país (…) cada hombre, cada revolucionario debe decir: Yo soy el ejército, yo soy la patria, yo soy la Re­vo­lución».

Martí escribió en su cuaderno de apuntes que ser cristiano significaba «ser como Cristo». No lo decía en el sentido de replicar la vida de Jesús o de igualar sus virtudes, humanas o divinas, sino en el de asumir sus fundamentos éticos. Susely, en nombre de los jóvenes cubanos, recordó en Santiago de Cuba que Fidel nos había pedido que fuéramos como el Che: ser como él tampoco significaba que alcanzaríamos, necesariamente, su estatura de revolucionario, sino que asumiríamos sus ideales humanistas. Pero no basta con el «seremos» de los niños cubanos —los que, por cierto, han ofrecido respuestas brillantes a los medios, en estas horas de duelo—, los adultos estamos obligados a definiciones de fondo: hoy somos Martí, el Che, Fidel, los nombres propios que la historia le puso a la Revolución. Soy Fidel, soy la Revolución, su continuidad: lo gritaron uno, cien, miles, millones de cubanos, cuando el cortejo fúnebre pasaba o cuando se detenía en Santa Clara, Camagüey, Bayamo o Santiago. Si millones exclamaron convencidos «yo soy Fidel», entonces, ciertamente, todos lo somos, Cuba es Fidel.

¿Querían saber qué pasaría en la era «post Fidel»? Los cubanos han respondido. Los que soñaban con una juventud apática, descomprometida, con un pueblo escéptico o desmovilizado, los que anidaban la esperanza de que este fuese el «fin de una época», deben sentirse frustrados. Los finales en la Historia no se producen cuando muere un Justiciero, sino cuando terminan las Injusticias. ¿Acaso alguien cree que esta no es la época de Martí?

Fidel, en su despedida, nos ha unido más y nos ha convocado al combate. «Yo soy Fidel» es un grito de guerra, que se vertebra en los principios éticos de su concepto de Re­volución: humanismo, igualdad y libertad plenas, emancipación, mo­destia, desinterés, altruismo, solidaridad, heroísmo; para ello, hoy y siempre habrá que desafíar poderosas fuerzas, «luchar con audacia, inteligencia y realismo», «no mentir jamás ni violar principios éticos», tener «convicción profunda en la fuerza de la verdad y las ideas», y desde luego, «cambiar todo lo que tenga que ser cambiado», como hizo la nuestra, desde 1959.

La línea roja de la continuidad histórica es la eticidad revolucionaria: la de Céspedes, Agramonte, Ma­ceo, Martí, Mella, el Che, Raúl y Fidel. Pero la victoria de esa eticidad, solo fue y será posible desde la unidad esencial. Solo Martí y Fidel la consiguieron, pero el primero murió sin alcanzar la victoria. Nadie pudo obtenerla en la historia de Cuba hasta 1959. Se frustró en 1878 por divisiones internas (regionalismos, caudillismos, intereses de clase), en 1898 por la intervención del imperialismo estadounidense y en 1933 por la ausencia de una fuerza rectora capaz de encauzar la voluntad popular. La unidad de los cubanos, sus más altos ideales, encarnan hoy en el Partido de la Revolución. «Te lo prometió Martí y Fidel te lo cumplió», escribió el poeta. «Yo soy Fidel» es una clara advertencia: na­die nos arrebatará esta victoria.
«Yo soy Fidel», es decir: soy David frente a Goliat, Espartaco ante el Imperio Romano, Maceo en la Protesta de Baraguá, Almeida gritando en Alegría de Pío, «aquí no se rinde nadie, c… »; es asumir el antimperialismo martiano y leninista, a noventa millas de sus costas, con fe en la victoria, porque se tiene fe en el pueblo; «sí fue posible», repitió una y otra vez Raúl en su discurso de despedida, al enumerar todos los «imposibles» que como nudos de la historia, su hermano desenhebró. Y si soy Fidel, soy Farabundo Martí, Fonseca Ama­dor, Camilo Torres, Allende, Chá­vez, Amílcar Cabral, Ho Chi Minh, Neto, Mandela (solo menciono a sus contemporáneos); el imperialismo es trasnacional y el antimperialismo, internacionalista.

Ser Fidel es asumir la necesidad de reencauzar el desarrollo humano hacia metas no consumistas, anticapitalistas. No habrá Patria sin socialismo, eso es cierto, pero Fidel nos enseñó además que sin socialismo la especie humana —oprimidos y opresores por igual— estará, está, en peligro de extinción. So­mos Fidel, porque entregaremos to­das las energías a construir un socialismo eficiente, próspero, más solidario, justo, soberano, democrático y sostenible.

Solo una Revolución que se basa en ideas, en ideales, que ha sido consecuente con ellos, como la nuestra, puede sobrevivir a su fundador. «La Revolución no se basa en ideas caudillistas, ni en culto a la personalidad —le explicaba Fidel a Ramonet—. No se concibe en el socialismo un caudillo, no se concibe tampoco un caudillo en una sociedad moderna, donde la gente haga las cosas únicamente porque tiene confianza ciega en el jefe o porque el jefe se lo pide. La Revolución se basa en principios. Y las ideas que nosotros defendemos son, hace ya tiempo, las ideas de todo el pueblo».
Fidel no se va. Por propia decisión, no estará en los monumentos de mármol de las ciudades del país que refundó, no será un nombre en una avenida, una escuela o un hospital, a los que se consagró. Que na­die venga a buscarlo en las piedras, sino en las conciencias. Será el aire que respiramos los cubanos, el espíritu de lucha que nos inspirará. Nue­vas y viejas generaciones –co­mo Martí y Gómez, Mella y Baliño–, se unirán para defender el legado de la Historia. Fidel es Cuba, porque todos somos Fidel. Ese es el mensaje que los cubanos gritamos a pleno pulmón, con el puño en alto, para que el mundo lo sepa.

 

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